Sorprendido sonrió nervioso a manera de saludo. El volumen de su cuerpo le preocupo. Tras preguntar y quedarse callado por unos minutos, se hallo responsable por haber estado ausente tantos años. Sin embargo, excitado como en otras ocasiones por la alegría de volver a verlo con todas sus extremidades completas, deseo alimentarlo de manera abundante y sin reparos. En su imaginación, el se inflaba como un dibujo animado, hasta convertirse en un robusto bebe. Repaso los minutos que habían transcurrido desde que entro a la pastelería, por si había en sus formas algo turbio o mal intencionado que lo ponga al descubierto. No encontró nada, ademas de su imagen reflejada en los vidrios de la puerta, algo subida de peso para sus ambiciones. "Cuarenta y dos años recién cumplidos, decía, quien puede darse el lujo de tener una barriga tan plana." Habían varios, claro que si, que tenían una barriga verdaderamente plana y musculosa, pero en la frecuencia de la vida en que se encontraba, el era un campeón, Oh! Si!, un campeón a su manera. Snif, snif, huele a cigarro. Julio fumaba con abusiva confianza, no le importaba o no recordaba, _le daba igual_ los consejos dados por este hombre a quien en otro abuso de confianza, llamo "Viejo". Ese detalle debió advertirle que ya no era su muchachito. Disimulo su fastidio enseñándole el paquete que contenía las dos empanadas, una de carne y otra de pollo. Así cruzaron la calle: mirándose de reojo para sincronizar sus afectos. Al rato, cuando el primer cigarro se apago, volvió a sacar su cajetilla del bolsillo del pantalón; era una cajetilla de seis unidades. Bueno la cosa no estaba tan mal, pensó. Odiaba el humo del cigarro, era insoportable. Hacia varios años que ya no fumaba. Cuando tenia la oportunidad de hablar sobre aquella época, la velocidad de su locución disminuía; su voz adquiría un tono pausado al explicar sin tartamudeo alguno, que lo había dejado sin ayuda. Que simplemente un día se fumo el ultimo cigarro y eso fue todo. Pensaba que su experiencia podía ayudar a los demás. Pero en el círculo de relaciones en que se encontraba, a nadie le interesaba escuchar lo que tenia que decir. Continuaron caminando. El plan era buscar un lugar donde pudieran sentarse a seguir conversando.
miércoles, 6 de enero de 2016
Sorprendido sonrió nervioso a manera de saludo. El volumen de su cuerpo le preocupo. Tras preguntar y quedarse callado por unos minutos, se hallo responsable por haber estado ausente tantos años. Sin embargo, excitado como en otras ocasiones por la alegría de volver a verlo con todas sus extremidades completas, deseo alimentarlo de manera abundante y sin reparos. En su imaginación, el se inflaba como un dibujo animado, hasta convertirse en un robusto bebe. Repaso los minutos que habían transcurrido desde que entro a la pastelería, por si había en sus formas algo turbio o mal intencionado que lo ponga al descubierto. No encontró nada, ademas de su imagen reflejada en los vidrios de la puerta, algo subida de peso para sus ambiciones. "Cuarenta y dos años recién cumplidos, decía, quien puede darse el lujo de tener una barriga tan plana." Habían varios, claro que si, que tenían una barriga verdaderamente plana y musculosa, pero en la frecuencia de la vida en que se encontraba, el era un campeón, Oh! Si!, un campeón a su manera. Snif, snif, huele a cigarro. Julio fumaba con abusiva confianza, no le importaba o no recordaba, _le daba igual_ los consejos dados por este hombre a quien en otro abuso de confianza, llamo "Viejo". Ese detalle debió advertirle que ya no era su muchachito. Disimulo su fastidio enseñándole el paquete que contenía las dos empanadas, una de carne y otra de pollo. Así cruzaron la calle: mirándose de reojo para sincronizar sus afectos. Al rato, cuando el primer cigarro se apago, volvió a sacar su cajetilla del bolsillo del pantalón; era una cajetilla de seis unidades. Bueno la cosa no estaba tan mal, pensó. Odiaba el humo del cigarro, era insoportable. Hacia varios años que ya no fumaba. Cuando tenia la oportunidad de hablar sobre aquella época, la velocidad de su locución disminuía; su voz adquiría un tono pausado al explicar sin tartamudeo alguno, que lo había dejado sin ayuda. Que simplemente un día se fumo el ultimo cigarro y eso fue todo. Pensaba que su experiencia podía ayudar a los demás. Pero en el círculo de relaciones en que se encontraba, a nadie le interesaba escuchar lo que tenia que decir. Continuaron caminando. El plan era buscar un lugar donde pudieran sentarse a seguir conversando.
miércoles, 30 de diciembre de 2015
Unas vibraciones acumuladas en los motores subieron desde el subsuelo en forma de hilo eléctrico y me hicieron temblar. Me mire las zapatillas. Cuando levante la cabeza, Barbara me beso con la intención de dar un espectáculo: el de la verdad del amor, protagonizado por ella conmigo de partenaire. De nuestras bocas abiertas salio un perfume a café y a medialunas de manteca. Fui al baño con la poronga por la nubes y me hice una paja con una mano dormida por el frío, la famosa paja con "mano prestada": excelente. Acabe en un trozo de papel higiénico, lo envolví con un papel mas largo y acerque el bollo a la nariz de Barbara. Lo olio. Olio el río. Volvió a oler el bollo: "Moco?" Se lo acerque un poco mas: "¡Leche! ¡No te lo puedo creer! Sos un enfermo" Toco el papel con la punta de la lengua y lo guardo en la cartera. (pag.24)
domingo, 20 de septiembre de 2015
Cuando trabaje en Atlantic City, teníamos una rutina que realizábamos al ingresar por las mañanas. La llamaban El Drop. Durante la formación nos avisaban quienes eran los seleccionados. Entonces los nombrados subíamos a los vestuarios para cambiarnos el traje por algo mas cómodo. La persona designada como encargada del Drop, nos indicaba la sección que nos correspondía, recordándonos que solo teníamos una hora para terminar el trabajo. La tarea consistía en recoger los depósitos de los tragamonedas repletos de la noche anterior. Vigilados por el circuito de cámaras, una a una íbamos sacando las cajas con su valioso contenido. La presión del grupo nos obligaba a ser eficientes. Ademas nuestros contratos estaban en constante observación y cualquier error era tomado en cuenta para su renovación. Había que tener cierta habilidad para introducir la llave y extraer con un juego de muñeca, la pesada caja de metal, evitando en todo momento que alguna moneda cayera al suelo.
Yo que siempre andaba desafiante con un libro entre las manos, era visto como un "Raro", y en la formación se rumoreaba que no me iban a renovar el contrato.
El día que fui seleccionado para el Drop, las piernas me temblaban. Cuando me vieron ingresar a la sala, se soltaron los comentarios. Todos coincidan en mi fracaso. En esos momentos, por debajo de mi pellejo recuerdo que circulaba una sensación que amenazaba con dejarme paralizado. Después de escuchar las indicaciones del encargado, me dirigí a mi posición y empece con el Drop. Concentrado en lo que hacia me fui afianzando, y una a una fui sacando las cajas de cada tragamoneda. Mis manos actuaban con tanta soltura, que ni enterado cuando minutos después, sacaba la última caja de la linea de máquinas que me habían asignado. Había transcurrido una hora exacta. De regreso al vestuario, yo iba por delante de la fila enseñando los dientes de contento a todos los que iba encontrando en el camino; atrás mis compañeros, encorvados por el cansancio, me seguían en silencio.
Yo que siempre andaba desafiante con un libro entre las manos, era visto como un "Raro", y en la formación se rumoreaba que no me iban a renovar el contrato.
El día que fui seleccionado para el Drop, las piernas me temblaban. Cuando me vieron ingresar a la sala, se soltaron los comentarios. Todos coincidan en mi fracaso. En esos momentos, por debajo de mi pellejo recuerdo que circulaba una sensación que amenazaba con dejarme paralizado. Después de escuchar las indicaciones del encargado, me dirigí a mi posición y empece con el Drop. Concentrado en lo que hacia me fui afianzando, y una a una fui sacando las cajas de cada tragamoneda. Mis manos actuaban con tanta soltura, que ni enterado cuando minutos después, sacaba la última caja de la linea de máquinas que me habían asignado. Había transcurrido una hora exacta. De regreso al vestuario, yo iba por delante de la fila enseñando los dientes de contento a todos los que iba encontrando en el camino; atrás mis compañeros, encorvados por el cansancio, me seguían en silencio.
A veces somo capaces de hacer cosas que nadie se imagina.
martes, 28 de julio de 2015
Mi deseo de hacer las cosas bien se termino en la pagina doscientos de American Goods, aquella celebre y multipremiada novela de Neil Gaiman. Luis me la recomendó, y yo muy respetuoso y creyente de sus opiniones, la pedí prestada para de una vez por todas darme aquel placer que mi buen amigo, nombrando algunos detalles de la novela me auspiciaba.
Una tarde sentado en el metropolitano, hecho trapo por un día mas de trabajo en la librería, daba lectura al prologo. Entusiasmado por las palabras que N.G escribía sobre su creación, me sentí ya completamente dichoso de la aventura que estaba punto de empezar.
Para un hombre con responsabilidades múltiples es muy difícil buscarse el tiempo necesario y el lugar adecuado para leer, más que buscarlo hay que inventarselo. Y no es lo mismo leer en el ómnibus, tratando de invocar alguna fuerza sobrenatural que te aísle del ruido de fondo que suele acompañarnos. Desde la música abominable que te destroza los tímpanos por cortesía del chófer, hasta los discursos golosinarios de los vendedores que se despiden mentandote la madre cuando no colaboras con ellos. Pero cuando se quiere se puede y este humilde lector siempre anda fabricándose tiempo para leer, a pesar de cualquier desgracia doméstica o desorden urbano.
Haciéndome un horario los domingos para poder leer antes que el ruido de la calle trepe por mi ventana y se instale en mi habitación, emprendí la lectura de American Goods. Soy un fanático de la literatura norteamericana por su capacidad para echarle mano tanto a la alta cultura como a la cultura popular, por su lenguaje pirotécnico, por las metáforas alucinantes, por la forma tan propia y única con que describen el mundo. En mi recuerdo aun relampaguean las paginas de En el Camino, El mundo según Garp, Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, La fortaleza de la soledad, los cuentos de John Cheever, todos ellos brillantes por su erudición y por la textura de su prosa llena de tantas sorpresas que ahora me hacían salibar, cada vez que acariciaba el lomo de A.G. A pesar y eso lo tenia muy claro, que N.G, no es americano. Pero saber que fue uno de los capos que revitalizo el cómic norteamericano, me hizo tragar ansias. En fin solo diré que después de avanzar pagina tras pagina y ver a Sombra deambular junto al señor Wednesday, sin ningún Plum! Crash! y leer ya haciendo un esfuerzo, después de la pagina 200 que seguían deambulando, decidí cerrar el libro. Y ni me importaba la historia, si no la forma de contar, pero por ese frente tampoco se abrían los fuegos.
Neil Gaiman nació en Inglaterra, junto a Alan Moore y Miller fue uno de los renovadores del cómic norteamericano.
Durante un desayuno de trabajo, Harold me recomendó proseguir con mi empresa. Había escuchado mis quejas pacientemente, y con voz calmada me dijo que lo bueno estaba al final, que todas las historias tiene conexión, que no desfallezca. Y Yo que respeto mucho a Harold, por ser mas fotogénico que yo, obediente asentí.
Pero esta historia no tiene un final feliz, pues como ya les advertí varias lineas arriba, mis ánimos y el entusiasmo insuflado por mi querido Harold solo duro cincuenta paginas mas. Lo siento Neil, pero tu novela es aburrida. Quizás después de la pagina doscientos ocurra un Plum! o quizás descubran algún meteorito en la carretera, algún ejemplar del Necronomicon en uno de esos hoteluchos donde Sombra y El Sr. Wenesday suele pasar las noches. El caso es que yo que ando tan escaso de tiempo y tan cansado de andar inventándolo, tuve que cerrar el libro y dar por terminada mi empresa.
domingo, 21 de junio de 2015
Hace cinco años decidí romper la rutina. Rutina noble pero embrutecedora. Como un molusco adherido a la roca, demore diez años en tomar la decisión. Diez años? Me preguntan. Por que demoraste tanto tiempo? Me gustaría tener una respuesta. Una respuesta clara y precisa, pero no, no hay respuesta posible, en su lugar hay miles de posibles respuestas dando vuelta por mi cabeza, miles de excusas por las que uno nunca se atreve a salir de algo que ya huele a malogrado. Me gustaría decir que puse fin a mi rutina noble pero embrutecedora por mi propio impulso, me gustaría decir que una mañana tome la decisión respaldado en mis convicciones, pero no, fueron otros los resortes que me impulsaron a dar el gran salto. Cinco años trabajando el librerías me han hecho casi olvidar aquel antiguo empleo.
El primer año tuve que hacer varios trabajos para poder quitarme los restos de mi pasado laboral. Vendí artículos cosméticos en un call center, hice facturas y cargue javas de huevos en una avicola, fui seguridad en un casino. Aquel primer año de mi nueva vida, tuve que adaptarme con rapidez a los nuevos cambios. Todo fue válido, pero aún no encontraba mi lugar. Mientras tanto le seguía robando tiempo a mi familia para leer y escribir. Leer y escribir no era un pasatiempo, leer y escribir le daba sentido a mi vida en una época en que todo era inestable. Al finalizar el primer año un antiguo compañero de trabajo, con el que me cruce por casualidad en un centro comercial, me hizo una propuesta. Lo habían ascendido y en su calidad de Jefe de Área me invitaba a trabajar con él. Acepte luego que el dueño de la avicola me gritara como a hijo por un error en las facturas. La empresa ofrecía muchos beneficios y lo que ganaba en la avicola no me alcanzaba ni para pagar el alquiler de la casa. Durante cuatro meses volví a mi antigua rutina. Por las noches regresaba cansado, sin ganas de leer o escribir, prendía la tele y me quedaba despierto hasta la madrugada. En el trabajo el tiempo parecía detenido. En cambio en mi fuero interior el tiempo revolucionaba. Me contaba miles de historias a mi mismo mientras cumplía mi servicio. En una de aquellas yo era el feliz ganador de la Tinka, y me compraba un departamento en Barranco con una biblioteca enorme que iba llenando con las obras completas de todos mis autores favoritos. JA,JA,JA,JA, si alguien se daba cuenta que me estaba riendo solo se acercaba intrigado a preguntarme si algo malo me estaba pasando. Muy pronto me descubrí hablando solo, mis pensamientos cansados del encierro empezaron a filtrarse al exterior. Tuve que tener cuidado no quería que me tomen por un loco.
Una mañana en uno de mis paseos domingueros, caminaba con Salvador y en la vitrina de una librería habían pegado un anuncio. "Se necesita vendedor." ¡Un vendedor de libros! Es ahora o nunca me dije y al día siguiente, aprovechando mi hora de refrigerio, fui con mis papeles a presentarme. No tenía todos los requisitos, pero le dije a la persona que me entrevistaba, que sabía mucho de libros. Que me había estado preparando desde hace mucho tiempo (Toda la vida.) para este trabajo.
Al día siguiente me llamaron preguntándome cuando podía empezar a trabajar en la librería. Ya se imaginaran lo feliz que me hizo esa llamada. Después de eso solo tuve que darle las gracias a mi antiguo compañero por el apoyo y renunciar lleno de júbilo. En la empresa no quedaron muy contentos con mi renuncia, pero ni modo, no se puede hacer felices a todos.
Llevo trabajando cuatro años en librerías, y lo bacan como le decía a Javier la otra noche mientras viajábamos colgados en el ómnibus, es haber conocido a tantos jóvenes, brillantes todos, que me guiaron en mis primeras lecturas sobre otros géneros a los que ni me había acercado quizá por prejuicio, o simple ignorancia. Oscar es uno de ellos, uno de aquellos jóvenes brillantes, un cohete que explota en el cielo y deja una estela radiante de inspiración. Oscar me invito a trabajar en su proyecto, después de conocernos por un amigo mutuo: Carlitos Lozano al cual siempre recordare por que fue quien me recibió en la primera librería que trabaje y me recibió con una sonrisa. Gracias Carlitos. Hace unos días Oscar le dijo adiós a su proyecto, después de año y ocho meses Oscar le puso punto final para empezar otro. El proyecto se convirtió en realidad y Oscar se va con la satisfacción de haber cumplido su meta.
En la foto yo soy el que esta en el lado izquierdo, al que apenas se le ve la nariz y los ojos. Cuídate Oscar.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)







